lunes, 16 de abril de 2018

El lugar al que nunca más volveremos.



He vuelto a casa,
y no había nadie.
Ni un solo rastro de ti.

Todo quedó vacío
desde que olvidamos cerrar la puerta,
y el frío entró sin permiso,
sin dar oportunidad a ninguna respuesta.

Me giro lentamente en la habitación,
y todo sigue impregnado de nosotros:
los recuerdos felices,
las peleas intensas,
las locuras compartidas,
las noches más oscuras…
nuestra vida sin terminar.

Ya no duele enfrentarlos.

Quiero acabar de recoger mis cosas,
derribar las paredes que nos construimos,
y poner en venta nuestro rincón más amado.

Te voy a echar de menos.
Y ya no intento ocultarlo.

lunes, 2 de abril de 2018

El incendio.


Me enredo en tus curvas
de mujer,
de diosa.
En ese contorno sagrado
que admiro desde tu cama,
como quien contempla un secreto sin nombre.

Te veo ahí,
desnudándote,
sin prisa,
solo para mi deleite.

Mostrándome tus cicatrices,
esas que escondes bajo la piel,
bajo el encaje caro
que no logra protegerte del todo.

Ahí están tus miedos,
los que no muestras al mundo,
pero que a mí
me dejas ver,
me dejas tocar,
sentir...
con mis manos,
con mi boca,
deslizándome por cada rincón silenciado de tu cuerpo.

Abrazo tu piel en la oscuridad,
como si entre tus bragas
pudiera encontrar el camino de regreso a mí.

Lo peor —o tal vez lo mejor—
es que encuentro más.
Y me pierdo.
Me hundo en ti,
en tu aliento,
en ese ritmo descompasado
que rompe todo orden.

Olvido otros nombres,
otras pieles.
Otras mentiras.

Solo por quedarme una noche más contigo,
viendo el fuego y el humo
subir por las paredes.

Déjame cargar con la culpa.
Déjame arder
en este deseo que todo lo arrasa.

Estoy perdiendo la cabeza
en este juego tuyo,
y lo único que sé
es que ya no me importa ganarte.

lunes, 12 de marzo de 2018

Grítame, Bukowski.

Translator
 
Vuelve conmigo.
A la cama.
O cómo quieras entenderlo.
 
Sabes que puedo convencerte,
colarme dentro de tus pliegues
recorrerte con mi lengua
hasta que lo necesites...
y tengas que pararme con tus piernas.

Quiero ser letal para ti,
que me veas llegar y
te enciendas
te mojes
y me pidas que esté dentro
otra vez de tu húmedo sexo.

Me reclamas con tu boca
que baje
y vuelva a empezar
porque te da la gana.

Que me calle, 
qué necesitas que lo haga 
como te gusta
y a mi me pone.

Quiero hacer que te tragues tus "no sé", 
cada vez que me sientas más dentro, 
más fuerte.

Que te dobles,
que no me hagas bajar el ritmo,
que me dejes follarte duro.

Que te corras conmigo,
ponerte a 4 contra la cama
que duela,
que siga,
y terminemos con un "joder"
que suene por toda la casa.

Abrázame,
no te vistas tan rápido.

No huyas de mí.

miércoles, 17 de enero de 2018

Ojalá siempre.


Lo que sentimos a veces
es como el eco de una canción.

A mí me gusta cómo Ferreiro lo dice en las suyas.

Habla de ese amor herido,
al que besarías una y otra vez,
ese que te hace saltarte todas las reglas,
aunque te condenen por raro,
por ridículo,
por masoquista.

Mis labios siguen vestidos,
llenitos de promesas que aún podemos mantener vivas.
Porque no sabes cuántas veces
me he partido la boca
corriendo tras un huracán como tú.

Solo por ver esa cara de tonta que se te queda
cuando me sorprendes sonriendo.

Nadie entiende que cada noche
quemo Troya y la reconstruyo en un día,
cuando quiero, entre tus brazos.

Hoy llevabas esa sudadera gris que tanto adoro,
y no sé si la usas por mí…
pero sé que un día te la robaré
y dormiré abrazada a ella,

con ese olor a ti que revolotea mariposas en mi estómago.

Quiero que me hagas tu lugar favorito.
Llévame a hacerme el amor,
despéiname cuando te retuerzas por dentro
mientras recorro cada rincón de tu cuerpo.

Voy a la guerra contigo,
y vuelvo con cicatrices que llevo en la espalda,
marcas de cada espacio que no dejas libre.

Nos miramos,
y el mundo se detiene,
se para y muere.
Qué contradicción tan hermosa,
llena de dudas por resolver.

Pero acepto que, al final,
todas las dudas se desvanecen
cuando nuestro equilibrio depende de una mirada,
esa mirada que Santi Balmes le regala a Iván Ferreiro.

El truco final es cuando…

Vienes, me abrazas…
y me vuelves a convencer.

Ojalá siempre seas tú.


domingo, 19 de noviembre de 2017

Indomable.


Me duele,
me duele ver que te cortas las alas
cuando lo que quiero es verte volar como haces siempre.

Conmigo,
a mi lado.

Sonríes, 
y siento que me agarro 
un poco más a la vida que creía perdida.

Tu me la has devuelto.
En cada momento que me dedicas.

Pero no soporto que te golpeen,
una y otra vez,
hasta dejarte caer.

Y yo, 
que no puedo moverme,
no puedo golpear a la maldita realidad que la consume.

La veo morir, 
y me muero 
con toda la tristeza que la habita.

Veo su dolor, 
y lo doblo con otro tequila.

No me pidas que te suelte.

Abro mi pecho,
y le enseño también
todos mis golpes.

No estás sola,
no te dejaré.

Déjame que te enseñe
a golpear más fuerte.

Y no te olvides 
que estaré esperándote 
viendo como sales invicta 
de cualquier batalla.

sábado, 4 de noviembre de 2017

A fuego.



Voy a hacerte el amor
como nunca te lo han hecho.
Despacio.
Deslizándome en ti,
sin prisa,
hasta tocar donde tiembla todo.

Te miro mientras me dejo llevar.
Y tú, callada,
abriéndote sin apurarme,
sin pedirme más,
solo dejando que ocurra.

Te muerdes el labio
y ya quiero correrme,
dentro de ti,
con tu sí temblando
aunque yo diga no.

No puedo pensar con claridad
cuando te veo entregarte así.
Para mí.
Para que me des paso
entre tus pliegues,
y me pidas que me quede
toda la noche.

Y no es que no quiera irme,
es que sé que para abrir tu corazón
hay que tocar con cuidado.
Saber dónde.
Saber cómo.
Para que no quieras
dejar de amarme nunca más.


sábado, 24 de junio de 2017

¿Cuánto tarda un corazón en olvidar a otro?





Los corazones no olvidan. 

Pueden sanar, remendar y lamerse sus propias heridas. Pero no olvidan. A veces, ni siquiera sanan. 

Y es que cuando se abre el corazón a alguien o se le entrega; cuando se ofrece, automáticamente se concede la libertad de que esa persona lo toque y lo cuide, o lo haga añicos. 

Puede que lo toque de forma suave y decidida; quizá tosca, pero no mala, y que lo haga bombear al mismo ritmo que el suyo propio. Quizá lo toquen unas manos inexpertas e indecisas, torpes y vacilantes que muestren dudas sobre cómo y de qué forma envolverlo, con miedo a hacerle daño, o a hacerse daño a sí mismas. O quizá lo toque una mano dura y le haga daño, y lo resquebraje y provoque una retirada con el corazón entre las piernas y el rímel corrido, con las bragas por los tobillos y el orgullo herido. 

Pero no olvidan. Se toque de la forma en que se toque; lo hagan las manos que lo hagan. No olvidan. Lo que hacen, lo que viven, lo que sienten... se queda en ellos y, automáticamente, en nuestro recuerdo. Permanece, y a veces grabado a fuego. No, cariño. No olvidan. Sólo se levantan, sanan y siguen latiendo. O se caen y no vuelven a levantarse nunca. 


Pero no es tu caso. Ni el mío. Quizá en algún momento los retuerzan y les causen daños. Quizá después debamos coser los rotos con aguja e hilo de recuerdos oxidados y una botella de alcohol para que no escueza tanto. Y no lo olvidarán; no lo olvidaremos. Recordaremos como esas manos lo acariciaron y aceleraron su latido con cada suspiro y con cada beso, y con cada sonrisa y con cada impulso de querer hacerse el amor hasta arañarse el alma. Con todo. Y entonces dolerá otra vez, pero nuestro corazón habrá aprendido a lamer sus heridas. Y cicatrizará, y entonces lo recordaremos de nuevo. Pero no con dolor.


No, así no. Nuestros corazones son corazones fuertes.

Texto: De alguien a quién siempre querré.